Soñé que un pueblo sufría
y que a nadie le importaba.
Que sus niños se morían
y su población diezmaba,
y de los rostros de las madres
no se borraban las lágrimas.
Soñé, pero, extrañamente
nunca el sueño terminaba.
Ese sueño es realidad.
Realidad que nunca acaba.
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